El desasimiento, por Ignacio Husillos

Ahora es cuando podemos entrar con valentía y sin miedos a este valor de la renuncia, del «desasimiento», como capacidad que tiene toda persona para alcanzar aquello que quiere. No se confunde, así, con el otro sentido de la renuncia: cuando está motivada por la carencia o por la necesidad de lo que no se puede tener. El «desasimiento» en la espiritualidad y en la vida del Carmelo Teresiano, nos lo deja bien claro la vida y obra de Sta. Teresa de Jesús; una mujer que, con su sabiduría y su experiencia, gustó de lo que quería porque tuvo la lucidez de «renunciar» a todo lo que le impedía ser libre. Y nos viene a decir que sólo se puede renunciar como consecuencia de una profunda experiencia de encuentro con Jesucristo.

¿Qué significan estas bonitas palabras?

La necesidad de tener un ideal o, dicho de otra manera más entendible, una meta para alcanzar; en los distintos momentos o etapas de nuestra existencia, tender a un estilo de vida que nos llene, que nos sintamos contentos de cómo vivimos.

De esta manera, nuestra vida se hace creíble por lo que hacemos. Estamos dispuestos a ser como somos, con un modo de vida tantas veces no entendido como seguidores de Jesús; pero no estamos dispuestos a vender o negociar con nuestra libertad.

Y parar ser libres o para que nuestra vida u «obras» sean creíbles o incluso como fuente de satisfacción personal,

«ayuda mucho tener altos pensamientos, para que nos esforcemos a que lo sean las obras» (Teresa de Jesús, Camino de perfección, cap. 4, nº 1).

Si somos cristianos de a pie, de los normalitos, pensemos que la renuncia, el «desasimiento», es practicable en todo lo que se nos ofrece para disfrutar de la vida. Cuando tengo que vivir con el trabajo de todos los días, con calidad de vida—que significa “trabajar para vivir” y no “vivir para trabajar”—, pensemos la cantidad de renuncias o desasimientos que debo hacer para no entrar en el engranaje del trabajo competitivo de nuestra sociedad, para no renunciar a la vida de pareja, al sentido de la familia, a los hijos, los amigos, a disfrutar de un paseo, etc.

Si me atrevo a revisar mi vida, tengo que pensar dónde está mi corazón, qué ideal o meta es más importante: el trabajo, el dinero, los amigos, Internet, la familia, el fútbol… Jesucristo, como cristiano. Tú dirás: “es mi vida y de esta decisión puede depender la felicidad de los que me rodean».

No basta con el ideal (“tener las cosas claras”), sino que todo cambia cuando se saben tomar decisiones para elegirLa toma de unas decisiones puede significar renunciar a otras.  Aquí está la palabra clave: «elegir» para saber renunciar.

El «desasimiento» significa saber renunciar a todo lo que se opone a lo que quiero de la vida.
Si elijo que lo más importante de mi vida es mi familia, significa que el trabajo, los amigos, el tiempo libre están en segundo plano, cuando se da el conflicto entre familia y demás “intereses”. No pocas familias se han dividido cuando han antepuesto, con muchas justificaciones, el trabajo, los amigos, etc., a la misma vida familiar.

La espiritualidad carmelitana pone la necesidad siempre de Jesucristo como la elección o decisión de seguirle como cristiano, en primer lugar, dado que conlleva los valores del Evangelio. Y, por tanto, un estilo de vida interior, social, familiar, de amistad, etc.

Saber renunciar, vivir desde esta virtud teresiana del «desasimiento», significa saber decidir. No valen medias palabras o sentimientos tibios ante las continuas provocaciones de la vida, de las dificultades, problemas, contradicciones.
La radicalidad del desasimiento, del saber renunciar para vivir el ideal: aquello que nos conviene para ser personas con «determinación», personas decididas a todo por conseguir aquellos «altos pensamientos».

Recordemos cómo Teresa de Jesús tiene bien claro que «ha querido su Majestad mostrar el amor que nos tiene en dar a entender a algunas personas hasta dónde llega», y esto es lo que nos da la posibilidad de «llegar» hasta donde nuestras capacidades puedan. Ni más ni menos.

El desasimiento nos dispone para saber hasta dónde podemos llegar a ser libres y hacer libres a los demás.
Te propongo que reflexiones: en qué no me siento libre (algún acontecimiento, bien sea pasado o actual; algunas personas o problemas o, tal vez, responsabilidades, etc.); si puedo «desasirme» (¡ser libre!); a qué tengo que renunciar para ser libre y si estoy dispuesto (¿cuándo?: ahora mejor que nunca).

Ignacio Husillos Tamarit

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