El espíritu santo llena los corazones, por Ana María Díaz

¡Aleluya!
¡El Espíritu del Señor llena la tierra!

La Iglesia se despierta bañada en luz y fiesta.
Los pueblos se hermanan en un solo Padre. El anuncio de la Buena Nueva recorre las calles y caminos. En todas las lenguas se proclama el nombre de Dios, santo y entrañable. Se anuncian sus gestas de salvación y misericordia para con todos.

¡Aleluya!
¡El Espíritu Santo llena los corazones!
Ya no hay espacio para el temor o la tristeza; la presencia del Señor Resucitado y del Espíritu que clama en nosotros con gemidos inefables nos mantienen en la certeza del Amor infinito del Padre.

¡Aleluya!
¡El Espíritu nos inunda con sus dones!
Nuestra vida rebosa de agradecimiento, y nos ponemos en camino de misión.        

Del Evangelio de san Juan 20,19-23   
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:     
«Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado.
Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:     
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:     
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».            

Con la solemnidad de Pentecostés, acabamos el tiempo de Pascua. Es como un volver al inicio: el Resucitado se aparece entre los suyos. Les regala Su paz sin ningún tipo de reproche. Les muestra las cicatrices de su Pasión, y los envía al mundo de la misma manera que el Padre envió al Hijo.

Los discípulos no intervienen, no hablan, no impiden. Sólo acogen. Sienten la presencia del Resucitado que permanece por los efectos de Su consuelo y de Su paz.

Y lo que era miedo y cobardía, se convierte en camino y misión gracias a la Paz del Señor y a la fuerza de su Santo Espíritu.

«Recibid el Espíritu Santo»
Hoy como ayer, el Señor sigue soplando sobre su Iglesia el don del Espíritu, la promesa del Padre. También nosotros podemos recibirlo en nuestros temores y cobardías, ser dóciles a Su acción, experimentar Su consuelo.

¡Espíritu Santo, Espíritu de Amor! Inunda la Iglesia con tus dones y haznos testigos de Cristo Resucitado en medio del mundo.

 
 ¡En qué buena compañía nos has dejado, Señor;
en la mejor: tu Santo Espíritu de Amor,
la promesa del Padre!  
 
Hoy quiero abrirme a su acción;
hacer de mi existencia no una puerta cerrada,
sino un espacio libre para que el Espíritu me trabaje.
No un receptáculo lleno de temores y cobardías,
sino un espacio valiente de fortaleza,
y de coherencia en el testimonio.  
 
Convenía que Tú terminaras
tu camino entre nosotros, Jesús,
para que tu Santo Espíritu
inundara nuestro mundo con sus dones. 
 
Espíritu divino, Espíritu de Amor,
haznos fieles seguidores de Cristo
y anunciadores de su Buena Nueva
en la pequeñez de barro y fuego
que son nuestras vidas.  
 
¡Amén! ¡Aleluya!  
 
Ana María Díaz, cm