El Espíritu Santo, Señor y dador de vida, por Charo Gil

«Dios es Amor» (1 Jn 4,8) y “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5).

¡Espíritu Santo, aliento de Dios en la vida, energía revitalizadora, caricia amorosa, luz del alma, suave brisa, savia que vivifica, viento que todo lo envuelve y lo mueve!

Toda la vida del cristiano está habitada, constituida, rodeada, guiada por la presencia del Espíritu divino. Nacemos del agua y del Espíritu (Jn 3, 1-21). Nos vaciamos y llenamos del Espíritu:

“No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu” (Ef 5, 18-20).

Movidos por el Espíritu, recorremos caminos de fe y caridad:

“Pues a nosotros nos mueve el Espíritu a aguardar por la fe los bienes esperados por la justicia. Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad” (Ga 5, 5-6).

Variedad de imágenes, figuras, símbolos se utilizan en la Escritura para nombrar el inmenso DON del Padre y del Hijo. San Pablo en las cartas a las comunidades cristianas les describe la obra del Espíritu en el cristiano. Entresacamos algunos rasgos.

1. El Espíritu nos hace pertenecer a Cristo:

“Si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis” (Rm 8,13).

2. La pertenencia a Cristo va unida a la libertad:

“Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Co 3, 17).

3. Todos bebemos de un solo Espíritu:

“En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Co 12, 13).

4. El Espíritu es el principio, la garantía de nuestra inmortalidad.

El Espíritu es la fuerza por la cual el Padre nos va a Resucitar de entre los muertos:

“Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8,11).

5. El Espíritu quema la raíz de donde fluyen las obras de la carne para que vivamos: (Cf. Ga 5, 19-21).

“Pues si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis” (Rm 8, 13). “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley” (Ga 5, 22-23).

6. El Espíritu es el sello de Dios.

Dios nos marcó, nos dio como dote el Espíritu, Persona divina: Amor del Padre y del Hijo:

“Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones” (2 Co 1, 21-22).

7. Conduce nuestra vida, es guía y conductor:

“Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8, 14). “Si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley” (Ga 5, 18).

8. El Espíritu modela en nosotros el Reino de Dios:

“El Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia (=santidad) y paz y gozo que el Espíritu Santo produce en nosotros” (Rm 14, 17).

9. Nos enseña a llamar a Dios Abba, Padre:

“No recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo” (Rm 8, 15).

10. El Espíritu es fiel testigo de la Trinidad, el notario que testifica que somos hijos de Dios Padre.

Se nos dio en el Bautismo. Se une a nuestro interior, a lo mejor de nosotros mismos, para dar testimonio. Si hay cera de desconfianza en el oído no podemos oírlo. Si soy hijo, soy heredero y no tengo que conquistar nada. El Espíritu nos da prueba de la filiación y testifica que somos hijos y coherederos. Nos quita el temor, la angustia. Nos da la Gloria:

“El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo” (Rm 8, 15-17).

11. El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza.

No sabemos orar como hijos, porque no conocemos el Plan de Dios para cada uno de nosotros. El Espíritu no ora sin nosotros. Se une a nosotros. Viene en nuestra ayuda:

“El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios” (Rm 8, 26-27).

12. El Espíritu Santo nos ayuda a orar como conviene.

Dios tiene un proyecto de amor para cada uno/a, que solo conoce el Espíritu Santo. Tenemos que ser insistentes pidiendo el Plan de Dios con la ayuda del Espíritu. ¡Hágase en mí!

Hoy, aquí y ahora, a cada uno/a, con todo lo que se nos ha echado encima, y estamos viviendo como podemos, el Espíritu nos hace estas preguntas: ¿Tú crees en mí? ¿Crees que esta pandemia está en el Plan del Padre? ¿Crees de verdad que el Padre tiene un Proyecto de Amor para ti, para tu comunidad, para tu familia, para la Iglesia, para la humanidad? ¿Lo crees de verdad? ¿Sí o no? Si no lo crees, pues nada, continúa tu camino y recórrelo como quieras y puedas. Si crees, te preguntarás.

♦ ¿Dónde está ese Plan de Dios y quién lo conoce?

En 1 Co 2, 10.11 Pablo nos dice que el Espíritu Santo conoce ese Plan:

“A nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios (1 Co 2, 10).

♦ ¿Cómo puedo conectarme con ese Archivero Divino, con el Espíritu Santo?

No puedo con mi lógica, con mi razón, con mi inteligencia:

“El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él” (1 Co 2, 14).

♦ Sólo unida al Espíritu Santo puedo enterarme de él.

En clima de oración puedo discernir lo que está emitiendo en mí el Espíritu Santo:

“El hombre de espíritu lo juzga todo” (1 Co 2, 15).

Dios Padre nos instruye internamente, por medio del Espíritu, en el trato del Tú a tú, en los encuentros personales. Así lo hizo con Jesús.

Es el Espíritu quien ora en el interior de la persona y sin saber cómo va sosegando, armonizando, amasando nuestra voluntad con la de Dios; es el Espíritu quien en la oscuridad de la historia alumbra nuestros sentidos, y nos conduce hacia la Fuente; es el Espíritu quien nos regala la certeza de que Dios nos lleva en la palma de sus manos, Jesús camina con nosotros y todo sucede para bien.

En las “situaciones límite” de la vida, como la que estamos viviendo, el Espíritu sigue susurrando en el interior, confianza, consuelo, esperanza, alegría, paz, compasión, entrega, creatividad, solidaridad…. A cada uno/a lo que necesita para el bien de todos. Como brisa suave de primavera nos mueve a expandir esta vida en nuestro entorno. ¡Ven, Espíritu divino, ven!