El Icono del pequeño Isaac, en una vidriera de Taizé, por Miguel Márquez

Esta vidriera representa en colores rojos y amarillos a un niño, el pequeño Isaac.

El niño parece asustado, es un niño flaquito, muy débil. Mira de frente y parece adivinarse en sus ojos la batalla que tiene por delante. La impresión que dan sus ojos es que ese desafío es superior a sus fuerzas, es mucho más poderoso el ejército que tiene delante. Y no se corresponde con tanta debilidad como él experimenta.

Mira de frente… y toca con su mano derecha la parte del estómago, del vientre donde se alojan los miedos. Casi siempre cuando miramos hacia delante o la vida nos presenta algún desafío frente a nosotros, sentimos que no somos suficientemente fuertes, que nos supera por todas partes y tenemos siempre la tentación de refugiarnos nuevamente en aquel útero del que salimos demasiado pronto. La tentación de volver a un refugio cálido y seguro.

El pequeño Isaac de la imagen se toca en el lugar de los miedos y es consciente… Sin embargo, con su mano izquierda agarra el dedo de su padre Abraham que está detrás, con esa mano se sostiene en la confianza.

No se puede vivir sin confianza, sin confiar en alguien, sin fiarse. En las oscuridades, en las enfermedades, en los momentos de soledad, ¡una confianza, a veces ciega, a veces tan frágil, a veces tan vulnerable pero que nos lleva a decir interiormente: confío, acepto, creo… esta confianza puede salvar la vida.

El padre que está detrás tiene las dos manos apoyadas, sostenidos y entregadas en el niño: con la mano izquierda el padre se entrega y le ofrece su dedo al pequeño. Isaac agarra ese dedo, parece pequeña consistencia la del dedo y sin embargo es fundamental, como diría aquel texto. Cuando un niño agarrado con su mano pequeña el dedo de su padre sabe que nunca más estará solo, o el dedo de su madre.

Y con la mano derecha el padre empuja levemente al niño. La mano derecha es fundamental en esta imagen. Y la mano derecha le dice ánimo, adelante, tú puedes. Y con esa mano ejerce la paternidad y la maternidad que no consiste sólo en proteger, en dar seguridad y confianza. Consiste en lanzar a volar, consiste en animar: ¡Ve, sal de aquí, tú puedes!. ¡Conquista con tu verdad lo que está por descubrir, por explorar y enfrentar!… y devuélvenos aquello que es de ti original y verdadero, aquello que tiene que nacer de ti. Es entonces cuando nace la vida, nace el hijo de verdad, cuando estrena la vida, cuando se arriesga con su debilidad a reinventar (se).

Hoy, con esta imagen del pequeño Isaac, os invito a la confianza y creo en lo que está por nacer. Esta batalla la estamos ganando ya con tanta fe, con tanta sencillez en la oración, con tanta súplica.

Que el camino suba a vuestro encuentro,
que el viento os de siempre en la espalda,
que la lluvia caiga suave sobre vuestros campos,
que el sol brille cálido sobre vuestro rostro.
Hasta que nos encontremos de nuevo,
dondequiera que estés, pase lo que pase,
Dios os guardará en el hueco de su mano.

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Miguel Márquez, OCD