Evangelio día a día. 1ª Semana de Pascua

Lunes, 13 de abril

“Jesús salió al encuentro y les dijo: Alegraos” (Mt 28, 9)

Hay muchos problemas en nuestro planeta, es verdad.
Vivimos situaciones que nos tienen confinados a la espera de volver al ritmo ordinario de cada día. Pero la alegría siempre es la señal, aunque esté escondida en el llanto de humanidad y en la enfermedad de los más vulnerables.
La Pascua nos pone la luz de Jesús en el corazón para recrear la casa de todos. Donde hay alegría está Jesús. Los acontecimientos que vivimos nos enseñan a descubrir la alegría en las cosas más sencillas y aparentemente insignificantes.

¡Levantemos el corazón! Y descubramos la alegría de vivir.

Martes, 14 de abril

“María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor” (Jn 20, 18)

Cuando nos creemos propietarios, dominadores, autorizados en nombre del progreso para expoliar a nuestra hermana tierra, estamos ciegos. Hay otra forma más humilde de colocarnos ante todo y ante todos: el asombro, la responsabilidad, el cuidado, la fraternidad.

En estos días nos hemos concientizado de lo esencial que son los cuidados del personal sanitario y las tareas de los servidores humanitarios, que siguen en la brecha hasta que la sociedad goce de salud y libertad.

Abramos los ojos para ver al Señor y para contemplar la creación, para mirar a la humanidad de otra manera. Hoy podemos ejercitarnos en esa mirada pascual.

Miércoles, 15 de abril

“Ellos contaron cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 24, 35)

Basta que miremos la realidad con sinceridad para darnos cuenta de que hay un gran deterioro de nuestra casa común. Entre tantas heridas destaca ésta: el pan no es para todos; de los servicios sociales se beneficia una minoría. ¿Nos aventuramos a cambiar alentados por la fuerza de Jesús Resucitado? ¿Cómo puede uno ser feliz si los demás no lo son? Hay personas que ya están danzando con la música de la Pascua: comparten el pan, se acercan a los más pobres, velan la vida de los enfermos, cuidan la creación, reciclan, disminuyen la contaminación, no malgastan el agua…

Gracias a ellos hay esperanza. ¿Por qué no unirnos a ellos?

Jueves, 16 de abril

“Vosotros sois testigos de esto” (Lc 24, 48)

Sí, somos testigos, a veces mudos, de la basura que degrada, de mares contaminados, de hileras de pobres, que abandonan su tierra y huyen de la guerra. Somos testigos de que ni las armas ni la técnica pueden salvar la vida. Somos testigos de cómo los contaminantes atmosféricos producen serios quebrantos sobre la salud. Somos testigos de discursos incapaces de encontrar salida a la situación. Pero somos testigos de la Pascua de Jesús, y en Él, somos testigos de una nueva creación, de una nueva manera más austera y solidaria de vivir la vida.

Si reaccionamos, habrá esperanza para nuestro planeta y para los pobres; la vida se hará más humana.  

Viernes, 17 de abril

“Es el Señor” (Jn 21, 8)

¡Qué alegría ir por la vida descubriendo al Señor! ¡Qué hermosa tarea la de cruzar despacio todo paisaje para descubrir en él las huellas del Amado! La presencia luminosa del Resucitado nos permite llamar a cada criatura con el bellísimo nombre de hermano, hermana. Llamados a disfrutar de la vida, dejamos a nuestro paso un canto nuevo: Mi Amado las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, la noche sosegada…

La luz del Resucitado orienta el destino pleno de la humanidad.  

Sábado, 18 de abril

“Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15)

Encontrarnos con Jesús tiene consecuencias en nuestra vida de cada día. Su Evangelio está lleno de posibilidades. La creación, herida, está esperando el anuncio. La Pascua nos ofrece alternativas. No tiene futuro un estilo de vida que pretende acumular los bienes que son de todos. No tiene futuro un estilo de vida que descarta a los más vulnerables. Los recursos del mundo no son solo para nosotros; los que vienen detrás también tienen derecho a respirar el aire limpio, a beber agua no contaminada, a conocer el Evangelio de Jesús.

El encuentro con Jesucristo hace brotar nuevas relaciones entre nosotros y nuevos vínculos con el mundo que nos rodea.