La esperanza (II), por Santiago Bohigues

Para San Agustín la esperanza es ansiar y buscar y conseguir < un bien arduo y posible >: < “Cuanto más experimente su flaqueza, tanto más debe de aumentar su confianza en Él” (Rec. 15,8) > (Sor Isabel de la Trinidad), < “No es contemplando nuestra miseria como lograremos purificarnos, sino mirando a Aquel que es todo pureza y santidad” (Rec. 7, 16) > (Sor Isabel de la Trinidad), < “Yo me pregunto a mí misma cómo es posible que una alma, que ha llegado a sospechar el amor inmenso que Dios la tiene, no viva de continuo, aun en medio de sus torturas y sufrimientos, radiante de alegría” (CE. 10) > (Sor Isabel de la Trinidad).

El centro de nuestra vida no es nunca un Tú creado, nunca se estará satisfecho: esa tensión llevará a lo diluyente y disgregador. Dios es el centro del alma: “[…] el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza”[1], “La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando < hasta el extremo >, < hasta el total cumplimiento > (cf. Jn 13, 1; 19, 30)”[2].

Unido a la espiritualidad está el gemido porque quiere algo que no tiene: la insatisfacción es camino hacia Dios, no se culmina hasta el final de la vida. En la salvación se da la esperanza.

Este gemido preside la vida del caminante hasta llegar a la plenitud en Él: < ya pero todavía no >. No se ha realizado plenamente lo que somos: somos santos ontológicamente pero en acto, aún nos tenemos que hacer santos. Sólo le espera gozarle perfectamente en la vida eterna; la esperanza convertido en posesión: < la acabada posesión de la filiación divina > (a más filiación divina, más posesión y más se espera, a menos vivencia de la filiación divina, menos posesión y menos espera).

Vivir en tensión de esperanza y novedad rompe nuestros esquemas posesivos: entrar en la vida del Espíritu Santo, en la vida plena en Cristo; “el hombre pretende natural y sobrenaturalmente la igualdad de amor con Dios” (San Juan de la Cruz). Es el centro, es a lo que se puede llegar; creciente caudal de más amor: se busca amar como Dios nos ama, es la realización de la fe, esperanza y la caridad. Su culminación es cuando las virtudes teologales hayan alcanzado en mí la máxima intensidad.

[1] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, Ed. Edibesa, Madrid 2007, p. 32.

[2] BENEDICTO XVI, Spe Salvi, Ed. Edibesa, Madrid 2007, p. 35.

Acerca de Santiago Jesús Bohigues

Santiago Jesús Bohigues es Director del Secretariado de la Comisión Episcopal del Clero de la Conferencia Episcopal Española.

Ha sido Doctor en Teología Espiritual por la Facultad del Norte de España, en Burgos. Igualmente, a lo largo de este tiempo ha sido vicario parroquial en las localidades de Muro de Alcoy, Cetla de Núñez, Alcocer, Benámer y Alginet así como párroco de Turís y Casinos.

Ha publicado 2 libros dentro de la Colección Mística y Místicos  en la Editorial Monte Carmelo: El corazón humano de Cristo e Itinerario de maduración de la vida cristiana.

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