La soledad del desierto como encuentro, por Ignacio Husillos

«El desierto (con minúscula) es, por naturaleza, un lugar solitario y árido; suele ser inhóspito y rehuido por las civilizaciones, excepto algunos casos, como los tuaregs, que han desarrollado un tipo de vida muy peculiar. En el desierto, digámoslo así, apenas hay vida; y la inmensidad que nos procura puede hundirnos en el vacío o abismarnos en la infinitud de la creación […]

El Desierto —con mayúscula— es, por contraste, un momento específico, escogido por Dios para manifestarse de manera especial a la persona. No tiene por qué ser un lugar geográfico limitado: se puede vivir una experiencia de Desierto en un vergel, en una ciudad o, incluso, en medio de la selva. El Desierto no ha de ser necesariamente desierto, pero requiere un espacio y un tiempo concretos, un aquí y ahora en donde nuestro Dios “histórico” —como en ocasiones se le ha calificado— se revela «ayer, hoy y siempre» (Heb 13, 8) […]

El Desierto es el lugar de la prueba, donde el hombre nuevo se enfrenta al viejo y corroído por el pecado. En él, los campos están preparados para toda tentación; allí, el tentador se manifiesta de múltiples y muy sutiles maneras. Está él, sí; también nuestro yo. Y Dios… […]

En el desierto, precisamente donde no hallamos cobijo alguno, donde nuestra persona queda ex-puesta (puesta fuera de sí) a todo tipo de peligros, donde nuestra vulnerabilidad se queda desnuda, sin tener adonde asirse, aquí, precisamente aquí, se revela Dios como Señor poderoso y dueño nuestro (cf. Mt 4,1; Mc 1,12; Lc 4,1). El desierto, lugar solitario, ámbito de soledad inherente, casi impuesta. Se ha presentado el desierto como un lugar maldito pero es, a su vez, el lugar de la gran bendición de Dios hacia el hombre desposeído […]

Si nos ponemos en el lugar del eremita, si planteamos nuestra reflexión desde su punto de vista existencial, hemos de tomar muy en serio el desierto desde todos los ámbitos posibles. En el “ámbito”, por definición, la persona puede encontrarse consigo misma, con los demás, con Dios. Así hablamos de los “ámbitos de encuentro” en los que se llega a alcanzar las cotas más altas de la persona, desde la experiencia del éxtasis. Pues bien, el desierto es el ámbito de encuentro que fundamenta la vida del eremita y, por extensión, de todo hombre. Sigamos los pasos y los momentos que configuran esta densa vivencia espiritual.

Nos sentimos inicialmente interpelados por una voz a ir al desierto;
como Abraham: «El Señor dijo a Abrán: “Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, y vete al país que yo te indicaré» (Gén 12,1);
como Moisés: «Dios dijo a Moisés: “Tú con los ancianos de Israel irás al rey de Egipto y le diréis: El Señor, Dios de los hebreos, se nos ha aparecido; déjanos ir a tres días de camino por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios”» (Éx 3,18);
como Jesús: «Luego el Espíritu lo llevó al desierto. Y estuvo en él durante cuarenta días, siendo tentado por Satanás; y vivía entre las bestias salvajes, perolos ángeles le servían» (Mc 1,12-13).

En definitiva, permanece vigente para todos los tiempos la expresión de esa llamada transmitida por el profeta Oseas: «Por eso voy a seducirla; la llevaré al desierto y le hablaré al corazón. Allí le daré sus viñas, el valle de la desgracia lo haré puerta de esperanza. Y ella me responderá como en los días de su juventud» (Os 2,16-17).

Sin embargo, un gran temor se apodera del interior de la persona interpelada por Dios. Porque esa llamada se da en muy diversos momentos de la vida; y cuando acaece en medio del camino espiritual para dar un paso cualitativo (por ejemplo, de la meditación a la contemplación, de la voluntad personal humana a la voluntad personal divina, de lo conocido a lo desconocido), sobreviene un gran impacto.

Descubrimos que el inmenso y desierto vacío no está sola y primeramente “ahí afuera”; sino que se encuentra también y, sobre todo, “aquí dentro”. Al acceder, pues, a la poderosa invitación de Dios al desierto, nos damos cuenta de que nuestra misma vida es un desierto: acabamos de entrar en el desierto interior. Aquí nos conocemos de manera radicalmente existencial para pasar, después, a un conocimiento trascendental. Por eso reflexionamos, meditamos, oramos en nuestro interior…

Hoy que sé que mi vida es un desierto,
en el que nunca nacerá una flor,
vengo a pedirte, Cristo jardinero,
por el desierto de mi corazón.

Para que nunca la amargura sea
en mi vida más fuerte que el amor,
pon, Señor, una fuente de alegría
en el desierto de mi corazón.

Para que nunca ahoguen los fracasos
mis ansias de seguir siempre tu voz,
pon, Señor, una fuente de esperanza
en el desierto de mi corazón.

Para que nunca busque recompensa
al dar mi mano o al pedir perdón,
pon, Señor, una fuente de amor puro
en el desierto de mi corazón.

Para que no me busque a mí cuando te busco
y no sea egoísta mi oración,
pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra
en el desierto de mi corazón.

Hacemos nuestra la sencilla oración del pobre de espíritu —tan repetida en toda la Iglesia—, ese don que nos viene de aquellos que vivieron en el desierto y supieron confiar en Dios: «Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme».

Es la oración del salmista que, en medio de las luchas, canta por la paz buscando refugio en Dios:

«¡Quién me diera alas para volar como el águila en busca de un refugio! Sí, me iría lejos, para pasar la noche en el desierto, a toda prisa buscaría un refugio contra la tempestad y contra el viento» (Sal 55,7-8).

Porque el salmista reconoce en la palabra que le brota del interior un halo del Espíritu, sobre todo en la aflicción, la lejanía y el destierro. De tal modo que su expresión, los Salmos, vienen a ser dulce pan en el desierto»  (Continuará)….

Ignacio Husillos, ocd

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