Señor, lávame los pies, por Cristina Martínez Segura

San Juan 13,1-15: “…se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.”

Este pasaje se me quedó grabado en el corazón esta Semana Santa. Jesús se prepara para lavar los pies a sus discípulos. Un acto que tendría que haber hecho un siervo, es asumido por Jesús. Toma la iniciativa. ¿Por qué? Porque Ya les va a abandonar, sabe de su Pasión, y no espera a ser servido, porque nos quiere dejar su humildad. Si amo, entonces sirvo, si tengo responsabilidades, entonces sirvo. ¿Pero si no soy humilde, de qué me sirve?

Es una lección de amor, de servicio. Quiere hacernos comprender qué es la entrega. ¿Qué quieres hacer con tu vida? ¿Qué responsabilidad te pone Cristo? Y tú ¿cómo la asumes?

Muchas veces queremos ser los primeros, los mejores, pero en ese esquema mental no cabe arrodillarnos y lavar los pies, no cabe “rebajarse”, sin embargo es lo último que Cristo nos enseña. Y de esta forma pone en práctica aquello que había enseñado y que seguro les había costado entender. «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos.» (Marcos 9:35). Como Jesús, los discípulos también debían estar dispuestos a servir a los demás, incluso cuando se trataba de hacer lo que nadie generalmente quería hacer.

 “Llega a Simón Pedro; éste le dice: Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? “.” (Juan 13,5 )

Es curioso cómo nos cuesta comprender las cosas. A cuántos de nosotros nos cuesta decir sí a que nos laven los pies. No nos dejamos porque no nos consideramos dignos, porque es mostrarnos pecadores y con nuestras pobrezas. Y quizá también nos sentimos débiles  y siempre cuesta verse desnudo acogiendo, cariño y amor no merecido. Nos cuesta por nuestro orgullo.  Jesús nos lava los pies, porque nos ama infinitamente, no le importa cómo somos, dónde estamos. Y nos regala su amor, su servicio.  Y te coge el pie, y lo besa.  Beso que encierra el amor que Cristo siente por ti. Y en ese beso, uno responde al Señor, sí, quiero seguirte, quiere ser tu discípulo. Tú eres mi guía, mi fuerza. Enséñame a amar como tú.

Se arrodilla y te besa. Y en ese momento, uno se derrumba y todavía siente más su pobreza. Señor si tú haces esto  por mí, ¿cómo  yo, no voy  a hacerlo por los demás, hacerlo en tu nombre?

Esta Semana Santa medité sobre este hecho y el lavatorio lo he vivido como un acto de purificación, como llenarme de humildad y decir me dejo hacer. No solo era el significado del servicio, sino era como realmente morir para nacer en Él.

Y me emociono por ver su entrega, su misericordia. Él nos dice: deja que te lave, deja que te muestre mi amor  incondicional, misericordioso y tú, acoge también con humildad, sin temor. Muéstrame tu desnudez, porque también mostrando el pie, nos despojamos un poco de nosotros mismos. Puede que no  nos cueste que alguien nos sirva, al contrario, lo aceptamos continuamente,  pero ¿dejarse lavar los pies?

¿Dónde estás tú? ¿Eres el que se arrodilla lava y besa los pies? O ¿eres el que se resiste a que le laven?

¿Por qué Pedro  se negaba? Creo que es nuestro orgullo. Siempre pensamos en grandes cosas, pero nos olvidamos de lo pequeño. Que Cristo lavase los pies no era una humillación sino el camino del amor que él quiere para nosotros. Él actúa rompiendo esquemas, pero tocando nuestros corazones y desmontando nuestra seguridad para después rehacerla, teniendo en el centro de nuestra alma su fuerza y no nuestra seguridad.  Ese lavatorio de pies es una preparación para Pentecostés porque empieza nuestra purificación, empieza en nuestro interior querer responder al Señor, querer ser su instrumento. Y comenzamos a abrir nuestro corazón, Espíritu Santo ven.

Y en este tiempo de Pascua, la imagen de Jesús en el lavatorio nos puede ayudar cuando nuestro egoísmo, nuestro orgullo, nuestras ansias de poder y de fama  se cuelan en nuestro interior. Entonces Él viene y te dice: voy a lavarte los pies. Desde ese momento, si decimos sí Señor, quiero ser tu discípulo,  comenzamos  el camino hacia la venida  del Paráclito de otra manera. Esperamos que venga, que descienda sobre nosotros con actitud total de entrega. Señor regálame los dones que más necesito, regálame los dones para servirte. Y con los dones que nos regala, sigue esa purificación que comenzó en el lavatorio. Con humildad, aceptamos que el Señor nos lave, porque  Él, nos elige, nos ama tal como somos.

“Jesús le respondió: Si no te lavo, no tienes parte conmigo”.(Juan 13,8)

Señor, lávame los pies cada día, para que no olvide qué es servicio, qué es entrega, para que desde mi pobreza pueda ser instrumento tuyo y  trabajar para ti. Lávame para sentir tu amor y tu perdón y desde mi humildad, perdonarme y perdonar a los demás cada vez que me hieren. Amén

Acerca de Cristina Martínez Segura

Cristina Martínez Segura, es profesora superior de piano, estudios realizados en el conservatorio de Valencia y licenciada en derecho por la Universidad de Valencia. Durante 12 años fue profesora de piano de conservatorio y posteriormente decidió volver al derecho. Actualmente tiene una empresa y es asesora en nuevas tecnologías y profesora de protección de datos y privacidad en entidades públicas.

En el terreno espiritual ha publicado su primer libro con la Editorial Monte Carmelo, colabora en su blog y escribe pequeñas oraciones diarias. Asimismo ha formado un grupo de oración llamado Betania.

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