Teresa de Lisieux, el brillo del Evangelio, por Secundino Castro Sánchez

A medida que transcurre el tiempo, más se va mostrando la originalidad y grandeza de Teresa de Lisieux, que manifiesta cómo la fragilidad se convierte en fortaleza indoblegable y la sabiduría se genera en una joven que no ha frecuentado ningún centro cultural.

Lo primero que se nos ocurre para explicar este fenómeno tan sorprendente es que ella es una ráfaga del Espíritu Santo, y que hay que emparentarla con la estirpe de los profetas y situarla entre los ilustres iluminados de la tierra.  Pero digamos de inmediato que tanto la fuerza que la enhebra como la luminosidad que la clarifica no parecen venir de fuera, surgen naturales de sus centros más vitales. Lo espectacular, en ella se hace normal. Nos recuerda a distancia la encarnación del Verbo.

1. “Autoritas”

Como a Jesús se le reconocía la cualidad de hablar con autoridad, -era como una de sus notas distintiva-, así también le acontecía a Teresa. Ella cuando enseña algo como doctrina  propia, lo hace  apoyada en su comprensión. No argumenta acudiendo a autores o a tradiciones. Y si lo hace, siempre es desde una visión muy personal. Lee los textos de la Sagrada Escritura a la luz de su experiencia. En ocasiones dirá que Jesús le ha revelado algo. Esa revelación evidentemente no tiene nada que ver con fenómenos extraños de audición o de visión. Lo percibe en el fondo de la conciencia. Y está segura de que ha sido Jesús quien le manifiesta las cosas. Lo que más llama la atención es la rotundidad y aplomo con que se pronuncia. Esto le acontece sobre todo cuando revela su caminito. Por eso podemos decir que también ella como Jesús “habla con autoridad”. “Mi camino es seguro”, afirmará sin vacilación alguna.

2. La gracia hecha mujer

Siempre se ha comprendido desde el Otro. No recuerda haber estado nunca ni tres minutos sin pensar en Dios. Al igual que Jesús, que parecería que carecía de “yo”, porque le tenía siempre proyectado hacia el Padre y hacia los hombres, Teresita está continuamente absorbida por esa realidad. La experiencia de comunión con ese ser le resultaba constituyente. Se sentía amada, creada y recreada y siempre ambientada en un halo de donación y ternura. La palabra gracia, uno de los vocablos más bellos del cristianismo y que no se comprende fuera de él porque le constituye, es también la que mejor define a Teresita, que se entiende así misma como don, como ternura de Dios que se ha volcado en ella. De tal manera la ha penetrado esa sensación o mejor, experiencia esencial de receptora, que se la podría definir como hemos hecho en el titulillo de este párrafo “la gracia hecha mujer”. Gracia significa belleza dada, regalada. Eso es Teresita: la belleza hecha mujer, el rostro de la gracia como el de una bella joven, el hésed de Dios hecho encanto, la imagen de Jesús en femenino.

3. El Dios entrañable

Nacida Teresa en un ambiente de afecto y de ternura, independientemente de las enseñanzas recibidas, ella no podía imaginarse un Dios con rostro severo. Dios no podía ser sino la más madre de todas las madres, en expresión suya. El Dios de Teresita es el Dios Abbá, el Dios de Jesús. Las bases del Caminito se hallarán en esta concepción de Dios. La gracia no existiría si Dios no fuera así. Dios es gracia, es maternidad, es ternura. Esta percepción de Dios, que es el alma de Teresita, pronto la trasladó a Jesús, en quien prácticamente concentró a Dios. La imagen que ella nos brinda de Jesús es claramente la de esposo. De ahí su ilusión por el Cantar de los cantares del que quiso hacer un comentario. Se identificó tanto con la historia de Jesús que pretendió revivirla. Jesús y su historia terrena fueron una verdadera pasión. Su deseo de la cruz no tiene otra raíz, sino acompañarle en su tragedia, y su deseo de no estar ociosa en la eternidad era proseguir la tarea evangelizadora de Jesús. Ahí radica también su pasión por la Iglesia. Con razón podía cantar en una de sus poesías que “el rostro de Jesús era su única patria”.

4.  La Biblia

La pasión de Teresita por la Biblia radicaba en su amor por los evangelios, que eran quienes le trasmitían la figura de Jesús. Por tanto, el origen de esa atracción era Jesús. Es sorprendente que en una época en que la Biblia no fuera la fuente principal donde se bebía la espiritualidad, esta joven, precisamente en los momentos de su mayor madurez, a abandone prácticamente todos los libros y se refugie en los evangelios, y que descubra su caminito en textos de Isaías y de Proverbios. Lo que más llama la atención es que sin tener ninguna clase de estudios bíblicos se atreva a hablar de la Escritura “con autoridad”, y le arranque conceptos nuevos que ella defiende con total seguridad. La Escritura, principalmente los evangelios, eran su consuelo, su reflejo y la fotografía del rostro de su Amado, a quien adoraba con pasión de mujer y de santa. De ahí la veneración a esos libros. Los evangelios parecían hechos a la medida de Teresita. Por eso no es de extrañar que los llevara siempre consigo, pegados al corazón. Su Caminito nace principalmente de esas corrientes de gracia.

5. Su sentido de la vida

Teresita era una romántica y una soñadora. Entendía la vida como destierro y peregrinación. Llevaba tan honda en el alma la levedad del tiempo que le bastaba observar que la preciosa merienda, preparada por sus hermanas, para cuando acompañaba a su padre a pescar, iba perdiendo su deslumbre y belleza primeras, para sumergirse en profunda nostalgia. La tarde se le desteñía y todo le parecía imaginación y burla. La vida se le mostraba como sueño, instante, río. Teresita ansiaba solo la eternidad. Pero al mismo tiempo comprendía que, aunque breve, era un espacio en el que se jugaba lo infinito. Por eso la fe no era un opio que la adormeciera, sino un impulso que le hacía comprender que el tiempo ya forma parte del futuro y que era el espacio en el que se determina el mañana de Dios. Cada minuto es un tesoro divino, no hay que dejarle trascurrir sin embeberse en él: “Carpe diem”.

6. Soñaba con la grandeza

No se ha puesto de relieve este aspecto de Teresa. Desde muy jovencita cuando leía las proezas de las heroínas francesas, ella también soñaba con ser grande. Famosa, diríamos hoy. Aunque muy pronto le revelaría el Señor en su interior que su grandeza sería de otra índole. Y Teresa entendió enseguida que esta iba a consistir en alcanzar la santidad. La santidad supone heroísmo. Sería una heroína del evangelio. Este aspecto de tener grandes aspiraciones se remonta a Teresa de Jesús que inculcaba a sus monjas que siempre soñaran con grandes deseos. Este sentimiento sitúa a Teresita en el centro de lo humano. Hoy se habla precisamente de ayudar a las personas a crecer haciéndoles ver las posibilidades que se encierran en cada una. Teresita se muestra así maestra de humanismo. Ella quiso llegar al límite de la naturaleza. Con esta pretensión se muestra contraria a la falsa humildad, que no reconoce los dones del creador o de la naturaleza, y se sitúa en el pensamiento de santa Teresa de Ávila que enseña que humildad es andar en verdad. Todas las otras grandezas son efímeras y vanas. La verdadera alteza consiste en realizar el proyecto de Dios. Esta pretensión de Teresita, por otra parte, muestra que ella trató de realizarse llegando hasta el límite. Comprendió la persona como proyecto; algo muy de hoy.

7. El Caminito

Sobre el caminito se han escrito cuantiosas páginas, no todas acertadas. La base del caminito es el Abbá de Jesús, que ella descubrió enseguida. Esa idea de Dios que es pura ternura para el hombre, porque ante todo es gracia, otro término clave en el caminito. Terea percibió lo mismo que san Pablo que el hombre no puede justificarse (santificarse) por sus obras, sino por la fe, que es una adhesión a Dios, de absoluta confianza. El caminito supone también el anhelo de Dios, expresado en Jesús, como único deseo. Teresita experimentó que vivir en todo momento para Dios, el ser humano no lo puede realizar, sin el total abandono en él. De ahí surge la confianza de que él le dará las fuerzas para llevarlo a cabo. Pero Dios no lo va a hacer sin que esto pase por la persona. Ahí se efectúa la comunión con él. Y esto no puede realizarse sino en fe. De modo que el Caminito es pura experiencia de las virtudes teologales en acción: Dios única pretensión afectiva (amor), Confianza absoluta en que Dios va a realizar esto en mi (esperanza) y comprensión de toda esta realidad en pura fe. De esta experiencia teologal tan honda se infiere que el caminito no necesita ni pretende fenómenos extraordinarios, si no es que todo ello no es extraordinario con la apariencia de lo más puro ordinario. Teresa eleva lo ordinario a la categoría de místico.  Desde aquí se explica que las imágenes del caminito sean tres, el Padre con entrañas de madre, el niño, y la confianza. El caminito necesariamente termina en el acto de ofrenda, que consiste en dejarse traspasar por el amor sin medida de Dios, que infunde en el alma deseos infinitos de él.

8. La experiencia de Dios o mística

Generalmente se suele decir que la espiritualidad de Teresita no es mística. Se situaba la mística dentro de un tipo de experiencia que de alguna manera se vinculaba con fenómenos extraordinarios. Hoy la percepción de la experiencia de Dios se entiende de otra forma. En cualquier caso, la mística se determina por ser una experiencia cualificada. Yo definiría la experiencia de Teresita como suprema, en la línea del puro evangelio. Los místicos afirman que las experiencias más elevadas de Dios son sin imagen, van más allá de cualquier representación. La experiencia de Teresita se sitúa más allá de las visiones intelectuales. Es una percepción refleja. No percibe nada fuera de sí. La sacudida se realiza en plena noche de la fe. Es decir, la fe actúa en su máxima intensidad y la ciega. En esa oscuridad se llena de sabiduría de Dios y comienza a entender los misterios. Es Dios cercano que la deslumbra con tanta luz que ella sólo percibe oscuridad. Esa oscuridad la alcanza y Teresita se siente iluminada por las sombras. Se trata, sin duda, de la experiencia más pura de Dios. Esta experiencia no puede percibirse sino de modo reflejo, es el caso de nuestra Teresita. La sequedad en que vivió o las noches oscuras de los últimos meses de su vida. Eran las tinieblas que la iluminaban. Porque en esa situación se la manifestaba la interioridad de los misterios y de Dios mismo como dan fe sus libros. Ella no sólo captó los misterios, sino que incluso dio un vuelco mental y cordial a la Iglesia de su tiempo para situarla en el puro evangelio.  La mística suprema.

9. Misionera siempre

La vocación esencial de Teresita fue la misión. Entró en el Carmelo principalmente para rogar por los sacerdotes. Poco a poco fue creciendo en ella la idea de darle a Jesús almas como ella decía. Esa vocación había nacido cuando observó cómo de una estampa del crucificado caían unas gotas de sangre que nadie recogía. Entonces ella decidió  dedicar su vida a no permitir que licor tan precioso se perdiera. Pero lo llamativo de su misionarismo fue que no se contentó con ejercerlo durante su vida terrena, quería hacerlo también después de la muerte. No la atraía el gozo de la eternidad, sino amar, ser amada y hacer amar al amor. Quería pasar su cielo haciendo bien en la tierra. Y ella vivía convencida de que el Señor le había concedido esa gracia. Esta vocación parece exclusiva de Teresita. Son muchos los testimonios de personas que han experimentado esta presencia de ella, a veces llevada a cabo de forma graciosa o muy peculiarmente. Pero es un hecho que ella se ha dejado y se deja sentir. Parece que ha cumplido algo que prometió en vida. Escuchemos estas palabras dirigidas a un misionero: “Le prometo hacerle saborear después de mi partida para la vida eterna la dicha que puede experimentar al sentir cerca de sí a un alma amiga… una conversación fraterna, que maravillará a los ángeles” (C 261).

10. ¡Yo seré el amor!

Nunca habíamos oído en la historia de los santos un grito tan lacerante e inconmensurable. Teresa sentía en su corazón deseos infinitos, y cuando le corrigieron esta palabra por “inmensos”, se sintió molesta. La palabra amor es la más utilizada en las religiones y en la vida profana. Es lo que más desea hacer y sentir el ser humano. Casi todas las canciones de la tierra lo celebran, lo añoran o lo lloran. Pero el amor que es el grito más fuerte del alma fácilmente se confunde con el más puro egoísmo. Teresita lo entendía en la línea de Jesús: darse hasta extinguirse. Su deseo supremo de infinitud, su bienaventuranza, consistiría “en amar, ser amada y hacer amar al amor”. Aun más, ella quería ser el amor. Como decía yo al principio jamás habíamos escuchado este grito en la tierra. También en esto ella sería única. En 1893 Teresa se representó a sí misma en el fresco que pintó en el oratorio, bajo la forma de un ángel dormido, que estrecha en sus manos un manojo de flores y una lira. Era un símbolo precioso del abandono y de ella misma, dormida en “la noche dichosa”, en la noche del amor.

Secundino Castro, OCD

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