Tres palabras para orar en Nochevieja

GRACIAS. PERDÓN. AYÚDAME

Silencio…
Señor:
Estoy a punto de terminar mi Diario de este año.
Volumen 2019.
Me queda en blanco su última página.
Y la voy a emplear en decirte tres palabras: GRACIAS… PERDÓN… AYÚDAME…  

GRACIAS, SEÑOR:

Por haber llegado al ocaso de este año creyendo, confiando y amándote a Ti. Fueron muchas las veces que fortaleciste mi fe, encorvada bajo el desánimo. Y no pocas las que corriste a mi encuentro, al volver de cuidar cerdos. Siempre sentí el calor de tu mano, aun en plena oscuridad.

  • Gracias, también, por esa otra fe -no menos necesaria ni difícil- que he conservado: me refiero a la fe en mis hermanas y hermanos.
  • Gracias por las ayudas, la compañía y la alegría que me han brindado.
  • Gracias por tantos ojos como me miraron con ternura.
  • Gracias por tantas manos como se adelantaron a estrechar la mía.
  • Gracias por tantos labios cuyas palabras y sonrisas me alentaron.
  • Gracias por tantos oídos que, no sólo me oyeron, sino que me escucharon.

Gracias, Señor, por tanto como he recibido; que no fueron méritos míos, sino dones tuyos…

  • Gracias por el éxito que me estimuló…
  • Gracias por la salud que me sostuvo…
  • Gracias por el trabajo que desempeñé y por el descanso de que disfruté…
  • Gracias -me cuesta mucho decirlo- gracias por la enfermedad.
  • Gracias por aquel fracaso y aquella desilusión.
  • Gracias también -¿por qué no?- por el insulto, la calumnia, la injusticia…
  • Gracias, incluso, por aquel ser querido que perdí. Tú sabes bien, Señor, qué difícil me resultó aceptar todo esto. Hoy, no sólo lo acepto, sino que hasta te lo agradezco pues me acercó más a Ti.

PERDON, SEÑOR:

  • Por la palabra que callé.
  • Por esa mano que no tendí.
  • Por la mirada que escatimé.
  • Por el saludo que negué.
  • Por la mirada que desvié.
  • Por la alabanza que no regalé.
  • Por la disculpa que no pedí.
  • Por esos oídos que no presté.
  • Por ese gozo que no compartí.
  • Por tanta lágrima como no enjugué.
  • Por esa verdad que omití.
  • Por ese «yo» que tanto se autoprefirió.
  • Por tantas veces, Señor, como me marché de Ti o como no Te abrí…

AYUDAME, SEÑOR:

Ayúdame porque, cerrado un volumen de mi vida, debo comenzar otro.
Ayúdame a no emborronar o malgastar las mismas o más páginas.
Lo hecho mal, perdonado está por tu bondad.
Lo por hacer, es un cheque en blanco; es mi nueva oportunidad… 
 
Ayuda mi libertad.
No me hiciste marioneta… ni robot programado… ni puro instinto.
Puedo darte la espalda.
Eres Tú quien no puedes dármela.
Ayuda mis retornos.
Fuiste Tú quien contaste todo aquello de la «oveja perdida».
Del padre que tenía dos hijos.
De la mujer adúltera.  
 
Ayúdame en medio de mis éxitos: ¿Ves? Ya los he llamado «míos», siendo así que eres Tú el autor de todo don.
Mira que cada momento de éxito me resulta más difícil de digerir que todas las derrotas de mi vida.
Ayúdame para que no se me suban a la cabeza.
Para que no entre en delirios de estúpida autosuficiencia.
Para que te los atribuya a Ti y los utilice como instrumento de trabajo para servir mejor a mis hermanos.
 
Ayúdame -¡cómo no!- en mis momentos bajos:
Ayúdame cuando tenga la sensación de no tener ni meta ni brújula ni horizonte.
Ayúdame cuando crea que ya no puedo más.
Ayúdame cuando mis redes salgan continua y completamente vacías.
Ayúdame cuando me duerma… o me adormezcan tantas y tantas cosas hacia las que demuestro no poca dependencia…
Ayúdame cuando me crea o me sienta solo.  

GRACIAS… PERDON…  AYUDANOS...

Te repito estas palabras, no sólo en nombre propio, sino en el de cuantos esta Noche no se acuerden de decírtelas o no te las quieran dirigir. Y cierro, por fin, este volumen de mi Diario que corresponde al año 2018.